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En 2009 hicimos el primer intento de cultivar un huerto. Tuvimos la suerte del principiante, con una cosecha inesperada y pocos problemas (el año siguiente, nuestra segunda temporada, descubrimos que en el huerto pasan muchas cosas y muchos visitantes). Nuestra experiencia previa era casi nula, pero mi padre tenía un vergel caótico con verduras, flores y frutales, en el que trabajó durante décadas (¡cuántas bolsas repletas y ruegos de “ya vale, no más” salieron de allí!). Aunque vamos leyendo cosas y -cada vez más- visitando huertos de amigos y vecinos, estamos todavía en el grado de aficionados.

Yo quería cultivar sin sudar la gota gorda, como algo placentero, aunque hay quien cree que es necesario doblar el espinazo y sufrir. El cultivo en bancales cómodos, el riego por goteo y el acolchado con hojas de encina han sido esenciales para conseguir, con relativamente poco trabajo, un resultado muy satisfactorio. Este año lo intentamos por tercera vez, con una dedicación tan variable como nuestras otras ocupaciones.

El huerto es de montaña, a unos 600 m de altura, en una ladera que mira al sur, entre el Mediterráneo y el Pirineo. Un paisaje salvaje y escarpado, humanizado por unas pocas casas y prados. Hace más bien calor en verano, pero en mayo una helada te arruina las tomateras.

La casa y el huerto están en el límite del bosque de encinas, que cubre la montaña desde allí a las cumbres, de más de 1.500 m. Utilizo las hojas que se acumulan en hondonadas y regueros para acolchar, esponjar y abonar el suelo, de por sí muy pobre. Además, hacemos recolecta de boñigas de las vacas que pastan, entre enero y junio, en los prados y bosque de alrededor (lo sé, es un robo, pero ellas han devorado nuestro huerto y jardín ya un par de veces).

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